Esta entrada se la dedico a todas las mujeres embarazadas o que estén pensando en tener un bebé, pero principalmente a mi querida Perlita que, como toda mamá primeriza, está con los miedos lógicos de esta maravillosa experiencia que nos regala la vida (y nos cobra más tarde) de ser madres. Las preguntas que surgen en una primeriza son muchas, pero especialmente una les empieza a dar vueltas en la cabeza y no las abandonará jamás: “¿podré ser buena madre?” No importa lo que hagas o dejes de hacer, ese pequeño animalejo siempre se las arreglará para que te sientas culpable por algo. Así que a relajarse y a disfrutar de esta maravillosa experiencia.

Todo comienza un mes cualquiera en que nos damos cuenta que algo nos falta. Vamos al médico, hacemos los análisis y “¡Felicitaciones señora! Va a ser mamá”.
Dicen que el embarazo es la etapa más linda que pasa una mujer. Vamos a ver... Nos pasamos los primeros tres meses vomitando todo lo que comemos. Para esto hay algunos consejos médicos que las pueda ayudar. “No correr, caminar despacio siempre” Si el baño le queda en la otra punta de la casa, acostúmbrese a andar siempre con un tupper bajo el brazo. “No ingiera alimentos inadecuados” ¿A que llaman inadecuado cuando hasta un vaso de leche te revuelve hasta las entrañas? “Come poco y más seguido” y consigue más recipientes para llevar bajo el brazo. “Come algo antes de levantarte” si tu marido se va al trabajo antes que te despiertes y no tenes mucama, mudá la heladera al dormitorio. Pero no se asusten, esto solo dura 3 meses... o 4 si usted es de esas personas con poca suerte.
El día que sentimos la primera patadita nos olvidamos de los primeros tres meses de tortura y saltamos de felicidad... sin saber lo que nos espera. Porque esas tiernas pataditas que son una caricia interna de nuestro bebé, a medida que pasa el tiempo se convierten en patadas al mejor estilo Maradona en sus buenas épocas, y nos dan sin piedad en el hígado, en el páncreas y debemos agradecer que nos quiebren las costillas. Y no sirve de nada que les gritemos “¡Nene! ¡Yo no las tengo!” Si a todo esto le sumamos que debemos olvidarnos de nuestro guardarropa habitual para pasar a ser una sucursal del Circo Sarrasani y que debemos embardunarnos con cremas para las estrías, para las várices y para las manchas de la piel, hacer los ejercicios preparto, trabajar, hacer las compras, limpiar la casa y encima tener ánimo para arreglar su cuarto... ¡No, no se asusten, eso no es todo!
No voy a describir el parto por una sola razón: estoy en contra de la cesárea innecesárea.
Y llega el día ¡tenemos a nuestro bebé en brazos! ¿Y ahora qué hacemos? Llora de noche, llora de día, y por más que los revisamos no encontramos la grabación que traían las muñecas de nuestra infancia “Quiero papa” “Me hice pis” Ni siquiera un 0-800 al cual llamar a las 3 de la mañana!! Recuerdo haber escuchado infinidad de veces “Llorar le hace bien para desarrollar los pulmoncitos” Ellos desarrollan unos pulmones a lo Pavarotti mientras nosotras quedamos mas sordas que Beethoven. Pero no se asusten, esto recién empieza.
Alguna vez leí que cuando llega un niño a un hogar la casa debe dividirse en tres franjas. Hasta un metro de altura la casa es de los niños, del metro hasta 1,80 es nuestra y de ahí para arriba de las arañas. Nosotras matamos las que están a nuestro alcance y se salvaron de ser comidas por nuestro hijo, las que llegan al techo tienen bien ganado su lugar. No intente ser una supermadre y pensar que su bebé la va a obedecer. Haga lo que haga, diga lo que diga o grite tan fuerte como pueda, el niñito romperá cuanto adorno se le cruce, rayará cuanto libro alcance y se comerá todas las plantas que encuentre. No se preocupe, en un par de añitos ya puede atarlo a su cama sin cargo de conciencia.
Después de eso viene la etapa del Jardín de Infantes, la edad de los porqué, la primaria y todas las enfermedades de la Enciclopedia Médica Universal, así que si usted no tuvo varicela cuando era chica prepárese a rascarse a cuatro manos mientras intenta explicarle al niño que no debe hacerlo para que no le queden marcas o pasarse una semana sin mirarse al espejo para no verse la cara inflada como ardilla que recién termina de comer gracias a las paperas. Si, ya sé que hay vacunas para todo eso, pero los chicos siempre se las arreglan para pasar la barrera de la inmunidad.
Y cuando queremos acordar, esos monstruitos que nos deleitaban con sus sonrisas pícaras después de tirar la tortuga al inodoro o ponían carita de culpable (¡farsantes! jamás supieron lo que era la culpa!) al romper el jarrón de la bisabuela, un día y sin saber cómo sucedió... ¡¡¡se convierten en adolescentes!!! Entonces es que entendemos aquella famosa frase “Cuando son bebes son tan lindos que dan ganas de comérselos y cuando crecen nos arrepentimos de no habérnoslo comido”.

Dijo Kahlil Gibrán: “Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida...” Y si, la vida se los lleva a seguir sus propios rumbos... ¿y nuestra indemnización? ¡Nada! Años de trabajo social, cocineras, maestras, enfermeras, mucamas, para que un día eso de pelo largo, aros en las cejas, tatuajes en el hombro y lenguaje inexplicable nos diga “Ma, me voy a vivir solo”. Y vos te preguntás “¿Por qué no me compré un perro?”
Pero no todo es negativo, cada sonrisa, cada abrazo, cada llanto que pudimos calmar, cada herida que ayudamos a cicatrizar, cada palabra que les enseñamos a balbucear y cada paso que dio tomado de nuestras manos, vale millones de veces más que todo lo anterior. Cada experiencia es única, porque cada hijo es único e irrepetible. Pero eso lo descubrirá cada una en ese maravilloso camino que empiezan a recorrer. Y no olviden disfrutar cada minuto, porque sólo dura 60 segundos.
